
Madrid no solo se recorre con los pies: también se saborea. Entre sus calles, sobreviven auténticos templos de la repostería que llevan más de un siglo elaborando dulces, conservando recetas… y acumulando historias.
Proponemos una ruta por algunas de las pastelerías centenarias más emblemáticas de la capital. Un recorrido donde cada parada es un bocado de historia porque, al entrar en ellas, no solamente disfrutamos de sus dulces exquisitos, sino que revivimos momentos históricos, ocupamos el espacio que antes ocuparon reinas, escritores o destacados políticos, y admiramos su arquitectura y decoración.
1. Antigua Pastelería del Pozo (1830)
Considerada la pastelería más antigua de Madrid, mantiene intacto el espíritu del siglo XIX. Fundada en 1830, este obrador ha resistido guerras, cambios urbanos y modas gastronómicas.
Su especialidad, los bartolillos y los hojaldres, sigue elaborándose con recetas prácticamente inalteradas.
Anécdota: por su mostrador pasaron figuras como Jacinto Benavente o Gregorio Marañón, pero también un joven Pío Baroja, antes de su vinculación con otra de las casas de esta ruta.
2. Lhardy (1839)
Lhardy no es en realidad una pastelería. Es un restaurante. Pero es que tampoco es un restaurante. Lhardy es historia viva de Madrid. Gran parte de la historia de España se ha tramado entre la elegancia de estas paredes, bajo sus lámparas que evocan la etiqueta y solemnidad del romanticismo, y en torno a sus manteles que continúan subrayando los más delicados refinamientos gastronómicos.
Un espacio emblemático que ha sabido adaptarse a los tiempos con los cambios en su carta y que hoy es ejemplo de modernidad en la pastelería que puede disfrutarse en su tienda.
3. Casa Mira (1842)
Si hay un lugar en Madrid donde la Navidad vive todo el año, es Casa Mira. Especializada en turrones artesanos desde 1842, representa la tradición levantina instalada en la capital.
Su estética clásica y su obrador artesanal siguen siendo un símbolo de continuidad generacional.
4. La Pajarita (1852)
Una de las bombonerías más singulares de Madrid. Fundada en 1852, debe su nombre nada menos que a Miguel de Unamuno, quien sugirió “La Pajarita” durante una tertulia mientras hacía figuras de papel.
Sus famosos caramelos de violeta y bombones han sido tan icónicos que incluso inspiraron canciones populares y referencias culturales, convirtiendo la marca en parte del imaginario madrileño.
5. El Riojano (1855)
Ubicada en la calle Mayor, esta pastelería fue fundada por Dámaso de la Maza, pastelero personal de la reina María Cristina.
Al cruzar su puerta, uno entra literalmente en un salón palaciego: vitrinas de caoba, lámparas isabelinas y mobiliario procedente de talleres reales.
Anécdota histórica: la relación entre el fundador y la reina fue tan estrecha que surgieron rumores de algo más que una relación profesional. Además, la reina desayunaba allí con frecuencia.
6. Viena Capellanes (1873)
Fundada en 1873, esta casa nació con una innovación: introducir el “pan de Viena” en Madrid, del que tuvieron la licencia exclusiva durante años. A principios del siglo XX hacían reparto a domicilio y panes especiales para enfermos, adelantándose a su tiempo.
Pero su historia va mucho más allá del pan. Entre otras, que el escritor Pío Baroja fue gerente y propietario del negocio durante una etapa, lo que convierte a esta pastelería en un curioso cruce entre literatura y gastronomía.
7. La Mallorquina (1894)
En plena Puerta del Sol, La Mallorquina es probablemente la pastelería más visible de Madrid. Famosa por sus napolitanas y su roscón de Reyes, ha sido parada obligatoria de madrileños y visitantes durante más de un siglo.
Curiosidad: ayudó a popularizar el roscón de Reyes tal y como lo conocemos hoy en España.
Una ruta con sabor a identidad
Estas pastelerías no son solo negocios: son patrimonio vivo. Han sobrevivido a generaciones, crisis y cambios de hábitos, manteniendo algo esencial: el vínculo emocional con el cliente.
Recorrerlas es entender que la pastelería artesanal no es solo producto, sino historia, cultura y memoria.
Y quizá ahí esté la clave de su permanencia… y también del futuro del sector.